En el universo no existe la igualdad. Aún si dos seres comparten todas y cada una de sus características, siguen siendo seres diferentes, y por lo tanto no son iguales. Podemos crear conjuntos basados en las características similares de los objetos analizados, como cuando nos referimos a los planetas, los insectos o los hombres. Pero jamás podremos encontrar nada que sea igual a algo más que a sí mismo.

La igualdad solo existe en el mundo de las ideas, de la teoría y los conceptos mentales. Como cuando hablamos del número dos que siempre es igual a cualquier otro número dos. Pero en el mundo real las características como el número, la forma, el color y demás, siempre están sujetas a objetos que, para poder existir, necesariamente deben ser diferentes de otros objetos y solo iguales a sí mismos.

Dicho esto, resulta absurdo e incluso peligroso intentar alcanzar la igualdad en el mundo real. Sin embargo, ese ha sido desde un inicio el centro alrededor del cual gravitan las ideas marxistas y políticamente correctas del comunismo y la masonería. Ya que con la excusa aparentemente noble de buscar la igualdad, se han generado los conflictos más sangrientos y degradantes en la historia de la humanidad.

Dado que todos somos diferentes resulta muy fácil enfatizar cualquier tipo de diferencia para generar conflictos que dividan a la sociedad. Por ejemplo, si los hombres son iguales a las mujeres ¿por qué no cumplen los mismos roles? Y si ser hombre o mujer es lo mismo ¿por qué los homosexuales no pueden casarse y tener hijos? La respuesta evidente es: porque no somos iguales. Pero lo evidente es a veces cruel.

A mediados del siglo XIX en occidente nadie habría pensado en la pedofilia como un comportamiento sano o natural. Hoy existen grupos de presión social que apuestan por legalizar el sexo con menores de edad. Todo porque según sus conjeturas los niños son iguales a los adultos, y por lo tanto merecen también igualdad de derechos. Aunque en realidad los niños sean mucho más maleables que los adultos.

El mecanismo de presión psicológica aplicado por quienes desean instaurar el caos en la sociedad responde a tres sencillos pasos. Primero, resaltar cualquier tipo de diferencia como algo injusto. Segundo, incitar a quienes creen en la hipotética injusticia a tomar acciones, de preferencia violentas, para reivindicar la susodicha igualdad. Y por último, como dice el refrán, a río revuelto, ganancia de pescadores.

Aunar de forma antinatural el concepto de justicia al de igualdad es el mejor truco de las élites. Ya que en un inicio lo utilizaron para alcanzar el poder, y ahora que ostentan un alto grado de control mundial lo siguen utilizando para conseguir el dominio absoluto. Resulta evidente que, los dirigentes y representantes del igualitarismo son siempre miembros de un grupo humano obsesionado con el poder material.

Si todo se desarrolla de forma normal, la desigualdad reina, por lo tanto para alcanzar la justicia social se debe modificar el orden natural de la cosas. Y quien mejor que esos autoproclamados líderes sociales para imponer sus preceptos. Los líderes comunistas, por ejemplo, se apropiaron de los bienes del pueblo haciéndoles creer a los proletarios que debían luchar contra los empresarios que les daban trabajo.

La familia es injusta porque los hijos de padres que se esfuerzan por darles lo mejor tendrán más oportunidades que los hijos de padres que los abandonan. Los países son injustos porque las sociedades más laboriosas y creativas serán siempre superiores. Los animales son iguales a los hombres. Las maquinas tienen derechos. Y la religión es injusta porque el polvo de estrellas es exactamente igual a Dios.

En resumen, si la naturaleza es injusta per se, se necesita entonces la intervención del hombre para hacerla más justa. Y los más indicados jueces son siempre los líderes de los movimientos sociales que abogan por la igualdad, quienes casualmente a su vez pertenecen a la casta más ambiciosa y sedienta de poder que haya existido. Pero la naturaleza no es injusta ¡porque al final cada cual obtiene lo que realmente merece!

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